Hablemos Claro

Alimentos funcionales

Dra. Ruth Pedroza
Ingeniería de Alimentos
Universidad Iberoamericana

La primera vez que oímos hablar de alimentos funcionales, fue en 1993 en la revista Nature, con la noticia de que Japón estaba analizando las fronteras entre los alimentos y las medicinas. Era una nueva perspectiva que no habíamos tenido antes.

Las investigaciones, que comenzaron en la década de 1980 en Japón, sobre los alimentos, respondían a una preocupación a nivel nacional: había un número muy elevado de personas adultas que tenían enfermedades relacionadas con el estilo de vida y la dieta, como diabetes, arteriosclerosis, osteoporosis, alergias, etc.

Dos estudios empezaron este gran proyecto: “Análisis y desarrollo sistemático de la función de los alimentos” y  “Análisis de las funciones de los alimentos en la modulación corporal”, que derivaron en el establecimiento de una política de aprobación oficial de ciertos alimentos seleccionados por su uso específico para la salud. A estos se les denominó FOSHU: Food for Specified Health Use. Para 1995 se habían aprobado 58 alimentos FOSHU.

Ahora, se entiende por alimento funcional cualquier alimento o ingrediente alimentario que puede proporcionar beneficios a la salud, más allá de su función nutrimental, incluyendo la reducción de riesgo de padecer enfermedades (International Food Information Council, IFIC). Por su parte, la Comisión Europea ha establecido que “un producto alimenticio solo puede ser considerado funcional si junto a su impacto básico nutrimental tiene efecto en una o más funciones del organismo humano ya sea mejorando su condición general y física y/o si disminuye el riesgo de evolución de enfermedades”.

A pesar de que no existe un reconocimiento mundial y uniforme sobre los FOSHU, muchos países como EE.UU., Canadá, China, España, reconocen que hay alimentos con características particulares que contribuyen a una mejor calidad de vida.

Según las investigaciones de los japoneses, las enfermedades relacionadas con el estilo de vida generalmente van acompañadas de una dieta desbalanceada, y tardan unos 10 años en manifestarse. Si se corrige la dieta y se incorporan modificaciones en el estilo de vida, se puede detener o al menos retardar la aparición de esos padecimientos, aunque tomaría entre 5 a 10 años lograrlo.

Actualmente, los alimentos funcionales incluyen:

  • Alimentos convencionales como granos, frutas, vegetales, nueces;
  • Alimentos modificados a los que se les ha adicionado algún componente para proveer beneficios;
  • Alimentos a los que se les ha removido algún componente ya sea por medios tecnológicos o biotecnológicos;
  • Alimentos en los que un componente ha sido reemplazado por un compuesto alternativo con propiedades favorables;
  • Alimentos en los que un componente ha sido modificado por medios enzimáticos, químicos o tecnológicos para proporcionar un beneficio;
  • Alimentos en los que la biodisponibilidad de un componente se ha modificado o
  • Alimentos con una combinación de todos los casos anteriores, como el yogur, cereales, jugo de naranja, etc.;
  • Alimentos medicinales como fórmulas especiales de alimentos y bebidas para ciertas condiciones de salud; y
  • Alimentos de uso dietético especial como las fórmulas infantiles y los alimentos hipoalergénicos

Otros ejemplos de alimentos funcionales son la sal de mesa con potasio para reducir el riesgo de hipertensión, o los ácidos grasos poli-insaturados para disminuir el riesgo de enfermedad cardiaca. También hay alimentos funcionales que contienen ingredientes no-nutritivos como los polioles en las gomas de mascar que reducen el riesgo de padecer caries dental.

Existe una creencia muy popular a nivel mundial que es que un cambio pequeño en la dieta puede traer beneficios muy grandes en la salud. Esto es cierto dependiendo del cambio a que se refiera, ya que hay muchos productos que se anuncian como benéficos sin que se haya comprobado científicamente sus efectos sobre la salud.

Esto sucede por dos razones principalmente: la demanda por productos que funcionen rápido y la falta de regulaciones sobre las declaraciones de los alimentos funcionales. A ello se suma la desinformación del consumidor y las falsas promesas de algunos productos.

Por ello, la Autoridad Europea de Seguridad de los Alimentos (EFSA, por sus siglas en inglés) proclamó un reglamento sobre las declaraciones saludables en los alimentos que entró en vigor en 2007. Esta legislación obliga a que las declaraciones relativas a las propiedades saludables de los alimentos, sean respaldadas por evidencia científica.
 
La investigación para conocer cómo los alimentos pueden beneficiar la salud es cada vez más profunda y precisa y hoy se sabe que muchos de los componentes químicos, presentes en los alimentos, pueden tener funciones específicas en beneficio de la salud.

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