Hablemos Claro

Las plantas transgénicas. Segunda parte

Dr. Agustín López Munguía
Instituto de Biotecnología, UNAM

El fracaso de los OGM

Se señala con frecuencia que la agricultura con base en semillas GM es un fracaso. Actualmente, casi 20 millones de agricultores cultivan en 28 países más de 170 millones de hectáreas con semillas GM ¿Son un fracaso? Depende de cómo se cuantifique: en términos del alcance que la tecnología habría podido tener para beneficiar la salud y la calidad de vida de los consumidores, definitivamente sí. También lo es, si el debate se sitúa en términos del posicionamiento de las grandes empresas en el campo y no del uso de la tecnología para la solución de problemas locales y de complementación de la producción agrícola nacional. Este no es el caso de países como Cuba, Brasil e incluso de China, donde empresas nacionales participan intensamente en el desarrollo y producción de OGM. Brasil tiene una industria estatal, Embrapa, que ha llevado el desarrollo de OGM, por ejemplo para el caso del frijol, hasta el nivel del productor, rescatando las cerca de 300,000 toneladas al año que se producen de pérdidas por el virus del mosaico, pérdidas que en algunos lugares llega al 100% del cultivo. Se trata de una nueva tecnología (ARN interferencia) que ya no requiere de insertar genes o proteínas, sino de un pedazo de ARN que “silencia” genes clave del virus.

Ha sido un fracaso también el que alguno de los OGM en actual producción se aplique con los mismos principios que han agotado al sistema de producción tipo revolución verde; no es el caso de otros desarrollos que han permitido evitar el uso de pesticidas para beneficio del medio ambiente, de los productores y del consumidor. Ha sido un fracaso que no podamos citar muchos ejemplos de desarrollos biotecnológicos de esta naturaleza, con beneficios para el medio ambiente, el productor y amplios sectores de la población. Esta es una clara diferencia entre la agricultura biotecnológica y la agricultura orgánica, ya que esta última solo beneficia a sectores de la población que pueden cubrir el alto precio de sus productos. Algunos orgánicos incluso disminuyen el uso de agroquímicos, pero consumen mucha energía en su transporte y distribución.

Invito al lector a revisar una nota recientemente publicada en un diario de circulación nacional:

San Luis Potosí, San Luis Potosí.- Los diputados de la Comisión de Desarrollo Rural y Forestal analizarán el tema de los granos transgénicos para que no se permita su producción en el estado, hasta en tanto no se conozcan más ampliamente sus repercusiones en la salud humana. Lo anterior lo manifestó el diputado Ramón Guardiola Martínez presidente de esta comisión, al añadir que se está analizando el tema particular del maíz, para acotar su producción en virtud de que no existe una seguridad sobre su uso y valores nutricionales. "No sabemos qué puede haber en la interacción entre genes, y hay algunas reacciones alérgicas que se han dado en algunos casos, y entonces mientras no esté muy claro esto no podemos permitir que se arriesgue la salud de la gente en San Luis". (Fin de la Nota) http://www.oem.com.mx/elsoldesanluis/notas/n3271402.htm (Enero 24, 2014)

Es evidente que en el tema sobre la seguridad en la siembra y consumo de OGM las declaraciones y, más aún, las decisiones, han rebasado el ámbito de competencias. Es decir, no son las instancias que de acuerdo con la ley deben velar por la seguridad alimentaria, el cuidado del medio ambiente, y no menos importante, el bienestar social, quienes están tomando las decisiones. Tampoco, quienes pueden tomarlas lo están haciendo con base en información científica y correcta.

El año pasado, revistas y diarios de todo el mundo publicaron en primera plana la fotografía de ratas con tumores que se desarrollaban por consumir maíz GM, también por beber agua con un herbicida al que el maíz se hizo resistente por la modificación genética, y desde luego en el consumo de ambos. No tuvieron que pasar muchos días para que la comunidad científica cuestionara seriamente la validez de tales evidencias: se trataba de muy pocas ratas propensas a los tumores, tanto, que hasta 30% de las ratas que consumían el maíz silvestre también los presentaron (aunque desde luego las fotografías en los medios no hacían alusión a ellas) y sobre todo, había que echar mano de métodos estadísticos muy complejos para poder demostrar que había realmente un efecto por el consumo de OGM. La forma espectacular en la que se dio la noticia violó normas básicas del periodismo científico y de la ética profesional.

Un año después el artículo fue retirado, cosa que obviamente no es noticia de primera plana, y sin duda pasará desapercibida para los millones de individuos que fueron impactados por la fotografía y que leyeron unas cuantas líneas de los periódicos. Similares estrategias son empleadas por otras instancias que se oponen a esta tecnología. Tal es el caso de organizaciones ambientalistas que “certifican” por medio de una clasificación a aquellas empresas que de acuerdo a su criterio pueden incluir o no ingredientes modificados genéticamente en sus productos.

Se nos olvida que existe una disciplina denominada Toxicología de Alimentos que, de ser manejada como se maneja la información sobre la seguridad alrededor del consumo de los OGM, tendría a la población aterrada. Recordemos que todo alimento es un tóxico potencial y que nuestra relación con estos es individual: hay algunos que nos van bien y otros que de plano no van con nosotros. Hoy sabemos que las grasas trans dañan nuestras arterias, sabemos que freír alimentos conlleva la generación de tóxicos como la acrilamida. Si las reglas que se aplican para declarar inocuo a un OGM se aplicaran hoy en día a las papas fritas o a los mismísimos frijoles, no serían aprobados. Tampoco se permitiría atrofiar el hígado de un ganso para hacer un paté.

Además del manejo de la información genética para mejorar la calidad de un alimento agregando o eliminando genes, pronto la nutrigenómica nos permitirá saber con más detalle, con qué tipo de alimentos corremos más riesgo. Sabemos ya de la importancia que tienen genes externos en nuestra salud; me refiero a la actividad de los genes de las bacterias que consumimos y que se integran a nuestra microbiota intestinal desde que nacemos. Hay 100 veces más genes de bacterias activos en nuestro organismo que en nuestras células, por lo que la biotecnología está haciendo cambiar el foco de atención en términos de alimentación y salud.

A más de 20 años de investigación y después de más de 15 de producción y consumo, lo que es un fracaso es que sigamos teniendo que explicar que no se puede hablar de “alimentos transgénicos” como un todo, y que la bioseguridad es una actividad que la ciencia ha asumido con absoluto compromiso y seriedad. Paradójicamente, la regulación, las suspicacias y las sospechas siguen creciendo paralelamente a la información que asegura su inocuidad, es lamentable. Quizás el mayor fracaso sea que hasta la fecha no hayamos podido definir qué tipo de biotecnología nos conviene como país, establecer las prioridades y, de acuerdo con nuestras necesidades básicas, construir una política para el campo que permita que todos los sectores trabajen en la misma dirección. Mediante votaciones democráticas el año pasado en California y Washington los consumidores optaron por no exigir el etiquetado de los alimentos OGM ¿por qué será?