HC

¿Cuál es la relación entre el consumo de bebidas endulzadas y el peso corporal en adultos?

Conclusión del Comité Asesor para las Directrices Dietéticas Americanas

Resumen de Evidencia General

El Comité Asesor para las Directrices Dietéticas Americanas abordó esta cuestión mediante el análisis de cuatro revisiones sistemáticas (Gibson, 2008; Malik, 2006; Ruxton, 2010; Vartanian, 2007), cuatro ensayos controlados aleatorios (ECA) (Raben, 1997; Reid, 2007; Stanhope, 2009; Surwit, 1997) y tres estudios observacionales prospectivos (Chen, 2009; Dhingra, 2007; Palmer, 2008).

Los estudios incluidos en las revisiones sistemáticas no utilizaron métodos consistentes para evaluar los azúcares añadidos. Los términos típicos de búsqueda fueron “refrescos”, “bebidas azucaradas” (BA), “azúcar líquida” y “gaseosa”. Estas revisiones emplearon diferentes criterios para analizar la literatura científica y tres revisiones (Gibson, 2008; Malik, 2006; Vartanian, 2007) incluyendo estudios transversales, ya que los estudios prospectivos sobre el tema fueron limitados. Malik (et. al., 2006), intentó realizar un meta-análisis, pero el grado de heterogeneidad entre los diseños de los estudios hizo necesaria una evaluación más cualitativa. Vartanian (et. al., 2007) trató de separar los efectos obtenidos en los diferentes diseños de estudio. Los estudios con diseños experimentales (cinco estudios) no mostraron una asociación entre la ingesta de azúcar y el peso corporal en adultos. Se encontraron relaciones significativas en los estudios longitudinales (tres estudios) respecto de la relación entre el consumo de azúcar y el peso corporal, aunque el efecto fue pequeño. Del mismo modo, Malik (et. al., 2006) concluyó que los datos epidemiológicos y experimentales indican que un mayor consumo de BA se asocia con el aumento de peso y la obesidad. En contraste, Gibson (2008) revisó seis estudios de longitudinales y un estudio de intervención con adultos y concluyó que las BA son una fuente de energía, pero esa pequeña evidencia mostró que propician más a la obesidad que cualquier otra fuente de energía. En una revisión reciente, Ruxton (et. al., 2010) concluyó que la evidencia actual no sugiere una asociación positiva entre el índice de masa corporal (IMC) y el consumo de azúcar. Sin embargo, algunos estudios, en concreto sobre las bebidas azucaradas, ponen de relieve una preocupación potencial en el ámbito de riesgo de obesidad. Los métodos utilizados para estas revisiones sistemáticas variaron y pueden explicar las discrepancias en los resultados.

Los cuatro ensayos, incluidos en la Biblioteca de Evidencia de Nutrición (NEL por sus siglas en inglés), de la revisión sistemática variaron mucho en su diseño. En general, cuando se controló la ingesta de calorías, no hubo diferencias en la ganancia de peso cuando los participantes consumieron dietas con un mayor porcentaje de calorías provenientes de azúcares añadidos, en comparación con las dietas con un porcentaje más bajo de la ingesta de azúcares añadidos (Raben, 1997; Stanhope, 2009; Surwit, 1997). Cuando la ingesta de energía no fue controlada, (Reid, et. al., 2007) se encontró una tendencia no significativa (NS) en el aumento de peso entre las mujeres con peso normal, que consumían cuatro refrescos regulares por día, en comparación con quienes consumieron refrescos de dieta. En una prueba hecha por Stanhope (et. al., 2009) que consideró un 25% de la energía proveniente de las bebidas endulzadas con glucosa o fructosa, se observó un aumento de peso cuando los participantes consumieron dietas que ellos mismos seleccionaron de forma externa.

El Comité también examinó tres estudios prospectivos. Un menor consumo de refrescos se vinculó a la pérdida de peso en el estudio PREMIER (Chen, 2009). Una reducción en la ingesta de BA de una porción por día, fue asociada con una pérdida de peso de aproximadamente 0,5 kg a los 6 y 18 meses, y también se observó una tendencia significativa (es decir con efecto) entre la relación dosis-respuesta, el cambio en el peso corporal y el cambio en la ingesta de BA. Durante un seguimiento de cuatro años en el Estudio de Framingham (Dhingra, 2007), el consumo de una o más bebidas alcohólicas por día se asoció con mayores probabilidades de desarrollar obesidad y de aumentar la circunferencia de la cintura (CC), en comparación a no tomar ninguna.

Palmer (et. al., 2008) incluyó bebidas gaseosas azucaradas y bebidas de frutas en su análisis de la diabetes tipo 2 (DM2) en un estudio similar prospectivo de mujeres afroamericanas. Los sujetos aumentaron de peso durante el estudio, pero el aumento de peso medio más bajo se produjo entre los que disminuyeron su consumo de bebidas alcohólicas.

Por lo tanto, existen resultados contradictorios sobre este tema. Ensayos aleatorios controlados reportan que los azúcares añadidos no son diferentes de otras calorías respecto del aumento de la ingesta de energía o el peso corporal. Los estudios prospectivos reportan alguna relación con las BA y el aumento de peso, pero no es posible determinar si estas relaciones están meramente vinculadas con las calorías adicionales, en oposición de la adición de azúcares por sí misma. Las revisiones sistemáticas en este tema son también incompatibles, probablemente se basan en diferentes medidas para determinar la ingesta de azúcares añadidos o la ingesta de BA.

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