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La obesidad y sus repercusiones psicológicas

Dra. Margarita Patiño Pozas
Directora de la Clínica de Atención e Investigación Integral en Salud Mental Oncológica A.C.

La obesidad afecta a una cantidad tan grande de la población mundial que es considerada la pandemia del siglo XXI; nuestro país ocupa el segundo lugar de la población adulta a nivel mundial y el primero en población infantil. Los resultados de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT 2006 y 2012 ) revelan que la obesidad y el sobrepeso están presentes en alrededor del 70% de la población mexicana y que esta cifra tiende a incrementarse. Investigadores como Waldden y Stunkad advierten que entre los factores relevantes para explicar esta pandemia, lo hereditario sólo representa un 33% y por lo tanto el 66% se debe a otras causas, por ejemplo de tipo ambiental, cultural, de personalidad, conductual, económicas y sociales.

Todos los humanos somos seres psico-somáticos, o bien somato-psíquicos, según predomine una u otra instancia. Lo importante en este caso no es preguntar por dónde empezar a visualizar el fenómeno llamado humano, sino entender que no podemos dividirnos en entidades tan individuales que esto implique una separación radical de lo físico y lo psíquico; si en algún momento se realiza esta escisión es solamente como un recurso teórico para explicar ciertos fenómenos. Nunca podremos vivirnos tan diseccionados como para ser solo entidades físicas o somáticas sin repercusiones en nuestra psique, ni esperar que cuando hay problemas psicológicos éstos no afecten a nuestro cuerpo. La obesidad es una circunstancia que refleja típicamente esta unión psicosomática; podríamos decir que constituye el ejemplo perfecto de esta postulación, que sostiene que el hombre es una unidad psíquica y física.

La obesidad es un tema de salud complejo que afecta tanto a uno como a otro de estos campos indisolubles en el hombre; es un problema donde con claridad podemos ver que se afecta no solo la parte física, con el evidente aumento de talla y las repercusiones dañinas para los sistemas cardiovascular, endocrino, respiratorio y musculo-esquelético (figura 1), sino también la forma en que el individuo se percibe a sí mismo, la imagen y esquema corporal que maneja, la relación que mantiene con los otros y con su mundo interno y externo, la capacidad de solventar problemas cotidianos, impregnándose de temores, ansiedades y tristeza, así como la devaluación que tiene de sí mismo por estas alteraciones.


Fig. 1. Efectos de la obesidad en la salud.

Es casi imposible determinar con exactitud las repercusiones psicológicas de la obesidad, puesto que pueden ser origen o consecuencias de la misma. Es el dilema eterno de preguntar “¿qué fue primero el huevo o la gallina?”. Sin embargo, a grandes rasgos las podemos agrupar de acuerdo al impacto psicosocial que producen en los individuos afectados por ella, puesto que estos se ven sometidos a una presión social importante con motivo de su sobrepeso, afectando negativamente sus relaciones interpersonales y su desarrollo emocional o afectivo, personal y estético-físico. Hablaremos así de cuatro áreas de mayor frecuencia de afectación:

  • Niveles de ansiedad y depresión
  • Alteraciones en la autopercepción personal: autoestima y auto-concepto
  • Alteraciones en la percepción de la propia imagen corporal
  • Alteraciones en el perfil de conductas alimenticias

Hay que enfatizar que aunque propongamos estas categorías, las afectaciones se dan en conjunto superponiéndose unas con otras siendo a veces incluyentes entre sí y no solo consecuencias. Así mismo, pueden ser también origen unas de otras, con lo cual se reafirma la idea de que el hombre es un ser psicosomático/somatopsíquico.

Podría creerse que al ser pandemia mundial, las repercusiones psicológicas ya no tendrían que presentarse, puesto que el estándar estaría puesto en hombres y mujeres “grandes” y que no se vería afectada su autoestima; es decir, que se habría establecido ya una normalidad para las personas obesas. Nada más alejado de la realidad. En la actualidad, sobre todo en el mundo occidental, el prototipo de belleza y éxito profesional y personal está ligado a figuras esbeltas, que a veces caen también en distorsiones corporales de delgadez, (tema que no abordaremos en este momento, pero que es muy importante por las repercusiones en la salud psicosomática). Ante esto, las personas que padecen obesidad, son un grupo vulnerable, víctimas de discriminaciones en todos los niveles de nuestra sociedad. Así, la obesidad se ha unido a la sensación de ser perdedores, apáticos, poco capaces o hasta torpes, afectando en todas las áreas a la persona que la padece. Entonces, hay que insistir en que no sólo repercute en su salud física, sino también en su salud emocional, al no poder estar en condiciones de ser competitivos y ganar.

Esto lleva a que la imagen propia empiece a erosionarse poco a poco, creando verdaderas simas en la autoestima y en la autoconfianza.

Pero el problema no se queda ahí: se inicia un círculo vicioso. Al verse con obesidad y sentir auto-rechazo, la persona genera más ansiedad y tristeza, lo que le obliga a buscar una compensación afectiva. Esto se traduce en proporcionarse un ambiente de mayor calidez que emule alguna etapa en la que el individuo contaba con ese confort deseado. Por lo general esto conlleva la recreación de un ambiente infantil, donde la alimentación era la base para obtener no solo nutrientes corporales, sino para nutrirse afectivamente con la compañía de la madre que sabía proveer el cuidado y atención que tranquilizaba en la infancia.

El obeso retorna a esos momentos de mayor confianza y recurre a los alimentos en abundancia como paliativos de ese dolor, y como recuerdo vívido de ese ambiente abastecedor de cariño materno. De esta forma, aumenta la frecuencia y las cantidades de alimentos ante la ansiedad, la tristeza y, en general, ante las adversidades de los hechos cotidianos. Como consecuencia se incrementa la obesidad, lo cual provoca un mayor rechazo de la imagen corporal, una sensación de debilidad e incapacidad de detenerse en la ingesta y con ello la instauración de un círculo que lleva a recorrer este proceso una y otra vez, cayendo siempre en una conducta compulsiva donde es difícil el retorno a una normalidad afectiva. Sin embargo, hay que aclarar que este modelo propuesto no es universal, ya que cada persona con obesidad e incluso con sobrepeso, presentará una repercusión emocional diferente, pues cada cabeza es un mundo. La intención sólo es proponer un esquema general de lo que sucede con la obesidad más frecuentemente.

Por otra parte, también es importante considerar la etapa de vida en la que se encuentre el individuo que presenta sobrepeso u obesidad; tanto las repercusiones como las causas no son las mismas en la etapa infantil que en la adolescencia o en la adultez, pues cada periodo tiene sus características particulares.

Otra característica relevante es el género; a menudo se observa que las mujeres obesas presentan mayores repercusiones emocionales que los hombres. También debemos identificar el momento en que se inició la obesidad, y si ésta es producto de causas externas, como un trauma emocional, como la pérdida de un ser querido, por ejemplo, o si es de origen genético.

Además de los factores mencionados, hay ciertas ideas que constituyen un obstáculo al momento de enfrentarse a un problema de obesidad. Una de ellas es la idea, no tan vieja, del “gordito feliz”. Cada vez resulta más difícil sostener este estereotipo, ya que las demandas psicosociales a las que se ven sometidos son tan amplias y severas que cada día hay menos obesos felices. En su lugar tenemos entonces que la tristeza es una repercusión mucho más frecuente de lo que se pudiera imaginar; detrás de la máscara de “bonachón” existe un dejo de vacío por no poder ser competitivos en relación a los estándares de belleza actuales.

Junto con el problema de la tristeza, inicia o antecede, la ansiedad, lo que incrementa el consumo de alimentos. Esto reduce la capacidad de percepción de saciedad: ¿cuántas veces no nos decimos a nosotros mismos, “no tengo hambre pero necesito tener algo en la boca”, acudiendo así al refrigerador por un bocadillo a media tarde, entre horas laborales o incluso hasta media noche? Ello casi siempre responde a una cierta acumulación de angustia por diferentes conflictos, tanto reales como fantasiosos, de la vida cotidiana. No es extraño ver que la gente coma por ansiedad, en vez de por apetito; si la ansiedad se sale de control y se manifiesta en hábitos de ingesta de alimentos de manera compulsiva, se incrementa seriamente el riesgo de padecer sobrepeso e incluso, obesidad. Se tiene entonces una alteración de la conducta alimentaria, que puede conducir a verdaderos atracones de comida, que dejan de ser ocasionales y se instalan como hábitos. En el caso de las personas obesas, a diferencia de los bulímicos, no se presentan conductas purgantes para evitar engordar. Con estos atracones se altera la capacidad de percibir la saciedad, lo que permite seguir consumiendo alimentos aun sin necesitarlos e impide conseguir estar satisfechos.

Los obesos además del auto-rechazo por sus conductas, presentan también sentimientos muy intensos de vergüenza por su aspecto físico, preocupaciones por su peso y silueta. Con mucha frecuencia idealizan la delgadez perpetuando su baja autoestima y provocándose, a la vez, fracasos constantes en los regímenes para tratar la obesidad, rompiendo constantemente las dietas que se implementan para lograr un peso saludable. Aunado a ello, es común que sientan vergüenza por su manera de comer o a causa de los reproches que su entorno les imputa por sus hábitos alimenticios, lo cual les lleva a comer a escondidas. Esto dificulta la implementación de una estrategia adecuada para combatir el padecimiento.

En las Memorias del XXVI Congreso Nacional de Medicina Interna (México, 2003) se menciona que el paciente obeso tiene cuatro categorías de respuesta emocional:

  1. No hace caso. Considerándose que es agresivo pasivo
  2. Pasivo pero ansioso, presentando inseguridad, sentimientos de minusvalía y depresión
  3. Desafiante. Se rebela contra la autoridad y las normas
  4. Con algún nivel de negación, donde se asocia la pérdida de peso con alguna forma de posponer gratificaciones. Esto trae como consecuencia que más de la mitad de los pacientes abandonen sus tratamientos al mes de iniciarlos

La respuesta del paciente ante su obesidad es clave para poder determinar si tendrá mayores complicaciones psicológicas, tomando en cuenta los aspectos peculiares de la personalidad de cada individuo.

Referencias:

  • Olaiz-Fernández, (et. al.) Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT 2006). Instituto Nacional de Salud Pública. Cuernavaca, Morelos, México. 2007.
  • Wadden, T., Stunkard, A. J., Handbook of Obesity Treatment. Nueva York, Guilford Press, 2004.